Historias cortas. Siempre puede ser peor
- jnajerac1
- 10 feb 2022
- 2 min de lectura
Actualizado: 11 feb 2022
Siempre puede ser peor

El miércoles 15 de agosto del 2012, José y su familia regresaban de un viaje a la provincia de Manabí, precisamente de la playa del cantón Puerto López, en unas vacaciones programadas por el fin del año lectivo escolar. Había partido de la provincia con dirección al Valle de los Chillos, lugar donde se encontraba su hogar.
El día anterior, Don Gabriel, quien es el abuelo, y Don Rafa, padre de José, salieron a comprar un poco de pescado fresco a los pescadores que paran en la orilla para vender algo de frutos del mar, supongo que para comerlo frito como merienda, acompañada de un infaltable cafecito de media tarde.
A la familia de José le gustaba iniciar los viajes en la tarde o noche porque pensaban que así se recuperarían mejor de una jornada tan agotadora. A la hora de partir de la playa, alrededor de las 17h30, la familia de José tenía una especie de ritual en el cual agradecían al mar por haberles dado la bienvenida y por tan hermoso atardecer.
La familia emprendió el viaje en caravana, contaban con dos autos por familia; los tíos y primos de José irían en uno, mientras que en el otro auto se encontraba José y su núcleo familiar. La ruta estaba planeada para recorrer la mayoría del viaje sin parar hasta llegar a Tandápi, un pueblo en la vía donde preparan excelentes menestras, cueritos asados y fritadas, buenas para recuperar energías.
Lo que no se esperaban en el auto de José, es que esa merienda del día anterior le iba a pasar factura a Don Gabriel, quien era el conductor en ese momento, pues al abuelo de la familia no le cayó nada bien el pescadito de la merienda, lo que le generaría malestar estomacal, obligándolo a levantarse al baño durante toda la noche y también durante el viaje de retorno a casa.
El viaje transcurrió normalmente salvo todas las paradas de emergencia para acudir al baño, lo cual les aumentó una hora y media más de viaje. Cuando llegaron a las menestras de Tandápi, algunos comieron y otros no, porque la mayoría ya presentaba molestias estomacales; aún así comieron un poco de fritada con cuerito asado con el fin de “recuperar energías”.
Salieron del local de menestras y retomaron el viaje, pasaron unos veinte minutos cuando don Gabriel, cansado de estar despierto toda la noche por las molestias estomacales, se quedó dormido en el volante. Los gritos de los ocupantes del auto de José despertaron al anciano quien trató de corregir la dirección del carro que se dirigía al abismo, pero fue demasiado tarde.
El derrape del auto provocó que choque contra un poste y por la velocidad del impacto, el auto de José rebotó y se precipitó cuesta abajo dando siete vueltas de campana. Solo una gran roca en la orilla del río los detuvo. Pasaron veinte minutos para que al menos uno de los ocupantes retomara la conciencia y saliera a pedir ayuda. El resto, solo son historias de corrupción en el sistema de hospitales y ambulancias, donde trataron a los heridos de la peor manera posible.



Comentarios